Anacrónicas marcianas

Mi nombre es Hiperión Warper. Y viajo en el tiempo…

Bueno, eso no es del todo exacto. En realidad es el tiempo el que salta a mi alrededor. Se desplaza, contorsiona, se retuerce, entra en bucle cíclico, vuela, se detiene, retrocede, se comprime, planea, se dilata, comienza y termina como si fuera… como si fuera… Nunca he sabido definirlo con precisión.

Pero si hubiera de hacerlo, diría que lo hace como si fuera… una partida guardada de un videojuego.

Esta es la realidad de mi existencia, de mi paso por el cosmos. Esta es la definición de mi ser que siente que permanece estático, físico, inerte en un conglomerado de magmático éter anacrónico. Claro que de eso hará mucho tiempo, cuando me encierren por lo que hago. Porque sé que lo harán. Pero aún no.

O sí. Quizá ya lo han hecho y en un ejercicio de posmemoria estoy precordando lo que ha de acontecer. La verdad es que no es fácil dejar a un lado lo que la mente es capaz de soportar y ceñirse solamente al egos más esencial, ese que sabes que no es tuyo ni de nadie más que del universo entero en su conjunto.

Sea como sea, estoy libre. Soy libre. Libre de dejarme desplazar cual hoja de árbol muerto por los desiertos de esos planetas gaseosos que se mueven como si no tuvieran nada mejor que hacer. De hecho eso es exactamente lo que pasa. Tampoco es que se lo planteen excesivamente, es su función preprogramada.

En cualquier caso, sé que mi posición en toda esta mecánica planetaria es precisamente la de no tener una posición asignada, es la de ser una criatura o entidad o forma más allá de la forma, un pasajero del contenido, una estrella siempre lejana. Por tanto, solo puedo hacer una cosa para no volverme loco y sentir que existo de algún modo: escribir.

Y dado que las leyes de Marte, mi planeta natal, son muy estrictas; dado que no me gustan las modernidades y yo nací en un momento en que ya estaba todo inventado y versionado de innumerables maneras; dado que la música sintética en 8-bit es la única que realmente conmueve verdaderamente mi alma…

Pero sobre todo y por encima de todas las cosas, dado que así fastidio a mi hermana, que es lo que más me gusta hacer del mundo, escribo haciendo análisis y críticas de videojuegos, en concreto esos que los profanos contemporáneos de sí mismos llamáis “clásicos” o retro. A mí me gusta mucho más la denominación primigenios cósmicos del Arte Octal.

Tengo una hermana. Se llama Febe. Sí, como el satélite de Saturno. Nuestros padres adoraban ese planeta. Ella odia que haga esto. Preferiría que siguiera encerrado en mi prisión de éter atemporal. Pero la realidad es que he escapado. Tampoco tengo muy claro cómo lo he hecho y, de hecho, tampoco recuerdo cómo o por qué me encerraron allí, por cuál de todos mis crímenes marcianos, quiero decir, en cuál me pillaron.

Estoy completamente desmemoriado y la única forma de ir recuperando mis recuerdos es dejar que el tiempo viaje a mi alrededor hacia atrás o hacia delante, que antes o después, literalmente, recopile los lugares pero sobre todo momentos en los que he estado y retome y repase aquellos videojuegos pasados como si fuera la primera vez que me los pasase, aquellos que me definen hoy tal como soy.

Solo tengo que elegir uno por dónde, no, por cuándo empezar y dejar que surja, que todo vuelva a empezar como si nunca acabase. Es mi forma de ver el Arte Octal, el mundo de los videojuegos. No soy un mero invasor espacial como el resto de mi raza, no mato terrícolas por diversión. No soy como ellos.

Mi nombre es Hiperión Warper. Y viajo en el tiempo…